La diversidad genética en las especies es crucial para su supervivencia y adaptación a cambios ambientales. Un nuevo libro del CSIC destaca cómo esta variabilidad genética permite que algunas especies se adapten y evolucionen frente a desafíos como plagas, enfermedades y el cambio climático. La investigación subraya la importancia de conservar tanto la diversidad genética en su hábitat natural como en bancos de germoplasma, para asegurar la resiliencia de los ecosistemas y la producción de alimentos. Los autores advierten que el cambio climático representa una amenaza significativa, provocando la pérdida de variabilidad genética esencial para la supervivencia de diversas especies.
La variabilidad genética entre los individuos de una misma especie ofrece ventajas significativas para su supervivencia. Esta diversidad no solo incrementa las probabilidades de adaptación y evolución ante cambios en el entorno, sino que se erige como un pilar fundamental para la supervivencia humana, al ser la base de los recursos genéticos. Sin esta diversidad, los cultivos no podrían resistir plagas o sequías, el ganado no podría hacer frente a enfermedades emergentes, y los ecosistemas acuáticos no tendrían la capacidad de recuperarse de la sobreexplotación y el calentamiento global.
Un nuevo libro de la colección ¿Qué sabemos de? (CSIC-Catarata) explora cómo se genera, conserva y utiliza la diversidad genética en cuatro grandes dominios: ecosistemas acuáticos, ganado, cultivos y bosques. Este enfoque integral revela la interdependencia entre estos recursos genéticos cruciales para la alimentación y la agricultura.
El libro ha sido impulsado por Conexión Recursos Genéticos (REGEN), una iniciativa del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) que reúne a 17 institutos y centros del CSIC, así como a siete universidades y otros organismos públicos. Su objetivo es promover la conservación, conocimiento y uso sostenible de estos recursos. Entre los autores se encuentran Pedro Revilla, coordinador del proyecto; José M. Climent; Montse Pérez; y Luis Varona.
Los autores destacan que la diversidad genética es un recurso vivo, dinámico y evolutivo que responde a las presiones ambientales con resiliencia o fragilidad. La variabilidad hereditaria puede aumentar mediante mutaciones o intercambio de genes entre poblaciones, pero disminuye cuando estas son pequeñas o están aisladas.
Cambios genéticos también pueden resultar de influencias humanas, especialmente tras la domesticación de plantas y animales a lo largo del tiempo. Según Luis Varona, en el caso del ganado, la selección artificial ha llevado a elegir reproductores basados en adaptaciones favorables a condiciones humanas.
Para asegurar la supervivencia de las especies, es crucial mantener una amplia diversidad genética. Los autores ilustran esta necesidad con una metáfora: “Cada especie viaja por el mundo con una maleta. Una especie con una maleta llena de opciones tiene más probabilidades de que algunos individuos posean los rasgos adecuados para sobrevivir cuando el entorno cambia.”
Nuestra existencia depende directamente de la capacidad de las especies para generar y mantener diversidad genética. Esta diversidad sostiene tanto la producción alimentaria como el equilibrio ecológico del planeta. Incluso organismos menos visibles como el fitoplancton son esenciales; producen aproximadamente el 50% del oxígeno atmosférico y son fundamentales en las cadenas alimentarias acuáticas.
Dada su relevancia, el conocimiento y conservación de los recursos genéticos adquiere una dimensión ética y social. Las decisiones actuales en laboratorios, fincas o ecosistemas determinarán las capacidades futuras para alimentarse y prosperar.
No obstante, existe un peligro alarmante sobre la pérdida de esta diversidad en todos los ámbitos tratados. En agricultura y ganadería se reemplazan especies tradicionales por variedades homogéneas altamente productivas seleccionadas artificialmente. En bosques y ecosistemas acuáticos, prácticas insostenibles deterioran el equilibrio ecológico.
El cambio climático representa una amenaza común crítica. Condiciones ambientales extremas como sequías e incendios generan nuevas plagas y desplazan poblaciones enteras. En los bosques, este fenómeno provoca incendios sin precedentes que amenazan a especies menos adaptadas al fuego.
Para preservar esta diversidad genética se requieren dos estrategias complementarias: la conservación in situ, que mantiene especies en su hábitat natural mediante seguimiento y colaboración local; y la conservación ex situ, que implica almacenar semillas o embriones como seguro ante catástrofes.
El Banco Mundial de Semillas de Svalbard es un ejemplo destacado, al albergar más de 1.300.000 muestras desde 2008 como respaldo global ante fallos en bancos nacionales. En España, destacan el Centro de Recursos Fitogenéticos (CRF) del INIA-CSIC y el Banco de Germoplasma Vegetal Andaluz (BGVA).
Líderes científicos enfatizan que ambas técnicas son necesarias: “mientras uno mantiene la evolución en marcha, el otro garantiza la supervivencia del material genético.” Además, subrayan la importancia de establecer políticas públicas robustas, alineadas con avances científicos recientes sobre modificación genética.
"La diversidad genética es una herencia viva cuya responsabilidad debemos asumir hoy", concluyen los autores.
Pedro Revilla: Especialista en mejora genética del maíz.
José M. Climent: Experto en genética forestal.
Luis Varona: Catedrático centrado en mejora genética animal.
Montse Pérez: Jefa del Departamento de Acuicultura del IEO-CSIC.
La diversidad genética proporciona grandes ventajas a las especies, aumentando significativamente las posibilidades de que algunos individuos puedan adaptarse, persistir y evolucionar ante cambios en las condiciones ambientales. Es esencial para la supervivencia de los cultivos, el ganado y los ecosistemas.
Las principales amenazas incluyen la sustitución de especies tradicionales por variedades homogéneas en agricultura y ganadería, así como la sobreexplotación y pérdida de hábitats en bosques y ecosistemas acuáticos. Sin embargo, el cambio climático se considera la mayor amenaza común a todos estos dominios.
Existen dos estrategias principales: la conservación in situ, que implica mantener las especies en su hábitat natural, y la conservación ex situ, que consiste en almacenar semillas y otros materiales genéticos a largo plazo en bancos especializados.
El fitoplancton es fundamental ya que constituye la base de la cadena alimentaria en los ecosistemas acuáticos y produce aproximadamente el 50% del oxígeno atmosférico.
La selección artificial ha llevado a que los humanos elijan como reproductores a aquellos animales con características más favorables para vivir bajo cuidado humano, lo que puede reducir la variabilidad genética al centrarse en unos pocos genes élite.